
Freddy Santos es director de Nuevo Cuenca Tenis, fundador del Campus de Verano Elianers y escritor. Para leer más artículos suyos, pinchar en este enlace
La palabra derrota, como casi todas las que manejamos en nuestra cultura, proviene del latín. Dirupta y su evolución francesa déroute significan quebrada, rota. Se refieren a la formación militar. Cuando esta se rompía, llegaba la victoria del ejército adversario; lo hemos visto en muchas películas.
Hay otro origen y otra significación, ya que puede derivarse del latín derromper, que indica una vereda o camino construido de tierra, o el camino real (derrotero) que siguen los barcos, muchas veces modificando el establecido.
Si ahora mezclamos ambos términos en nuestro imaginario y los aplicamos a nuestra vida, podemos extraer algunas curiosas enseñanzas.
En primer lugar, la victoria y la derrota son los dos sinos inevitables que tenemos que aceptar al iniciar un camino, un proyecto o un plan. Si todo sale como queremos, si no rompemos la línea o nadie nos la quiebra, alcanzaremos la victoria (que en esta sociedad de ahora y en la de todos los tiempos es la que mola y se valora).
Ahora bien, la derrota también significa camino, movimiento, la ruta real que sucede, no la imaginaria ni la planificada. Se puede enderezar, corregir, aceptar. Puede que un derrotero sea ir de derrota en derrota, pero mientras se navegue, se siga a flote y, sobre todo, no se pierda la formación en el empeño, el horizonte puede llegar a sorprendernos con lindas victorias (o empates, que es otra amable forma de no ser derrotado).
Derrotados del mundo, caminemos con alegría y dignidad, pues el único fracaso que debería avergonzarnos es no haberlo intentado, haber temido a la derrota, haberla huido desde la indiferencia, la indolencia o el temor.
Un brindis por todos vosotros y vuestras honorables derrotas.
