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¿Estamos formando jugadores o quemando etapas? por Álvaro Plaza de las Heras

Alvaro de las Heras debuta como columnista de industriadeltenis.com con un artículo sobre la competicion en edades tempranas

Álvaro Plaza de las Heras
Profesor del INEF-Universidad Politécnica de Madrid (UPM), director del Club de Tenis Aranjuez y entrenador especializado en tenis de formación.

Septiembre marca el comienzo de una nueva temporada. Miles de niños vuelven a las pistas de tenis con ilusión, estrenando raqueta, reencontrándose con sus compañeros o descubriendo por primera vez un deporte que puede acompañarlos durante muchos años. Para entrenadores, clubes y familias también es un momento de nuevos objetivos, nuevos grupos y nuevos retos.

Sin embargo, antes de organizar entrenamientos, ligas y torneos, quizá convenga detenerse un instante y hacerse una pregunta: ¿qué queremos que aprenda un niño cada vez que entra en una pista para competir? Porque el verdadero éxito no consiste únicamente en que juegue más partidos, sino en que siga disfrutando de la competición dentro de cinco, diez o veinte años.

El verdadero reto del tenis de formación no parece estar únicamente en conseguir que los niños empiecen a jugar. El reto consiste en que quieran seguir disfrutando del proceso de aprender y competir a medida que crecen.

La cuestión quizá no sea si quieren jugar menos, sino qué ocurre con esa ilusión a medida que avanzan en su proceso de formación y aumentan las exigencias de la competición. 

¿Somos capaces de conservar ese deseo inicial o, sin darnos cuenta, estamos construyendo un camino que acaba alejando a algunos jugadores de la competición?

Desde mi experiencia como entrenador y docente, sí percibo una realidad que debería hacernos reflexionar: muchos niños disfrutan jugando al tenis, pero cada vez resulta más difícil que mantengan una relación sana, duradera y equilibrada con la competición.

En más de treinta años como entrenador he visto niños llorar por perder un partido y otros llorar porque no querían jugar otro más. Esas dos escenas, aparentemente tan distintas, me hicieron comprender que el verdadero problema nunca había sido la competición, sino la manera en que los adultos la incorporamos al proceso de formación.

Y quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es:

¿Por qué los niños ya no quieren competir?

La pregunta podría ser otra:

¿Qué tipo de competición estamos construyendo para ellos?

Competir no es el problema

La competición forma parte de la esencia del tenis. Gracias a ella, los jugadores aprenden a gestionar los nervios, aceptar la incertidumbre, tomar decisiones bajo presión, respetar al adversario, asumir la derrota y valorar el esfuerzo. Competir no es el problema; al contrario, es una de las herramientas educativas más valiosas que tiene nuestro deporte.

La dificultad aparece cuando deja de ser un recurso para aprender y se convierte en el eje alrededor del cual gira todo el proceso de formación. En ese momento, el desarrollo del jugador pasa a un segundo plano y el resultado comienza a marcar las decisiones de entrenadores, familias y, en ocasiones, del propio niño.

Hoy no es extraño encontrar jugadores de 10, 11 o 12 años que entrenan entre seis y ocho horas semanales, disputan ligas por equipos y participan en torneos prácticamente todos los fines de semana. En algunas ocasiones juegan un partido por la mañana y otro por la tarde. Cuando termina un torneo, ya están inscritos en el siguiente. Rankings, cuadros, puntos, resultados, desplazamientos… La competición empieza a ocupar una parte muy importante de su tiempo en una etapa en la que todavía están aprendiendo a coordinarse, comprender el juego, desarrollar sus capacidades físicas, gestionar sus emociones y construir una relación sana y duradera con el tenis.

Y es entonces cuando conviene detenerse y hacerse una pregunta incómoda: 

¿Realmente necesitan competir tanto para aprender mejor?

No se trata de competir más o de competir menos. Se trata de competir mejor. De que cada partido tenga un propósito, de que cada torneo responda a un objetivo formativo y de que la competición deje de ser un fin en sí misma para convertirse en una oportunidad de aprendizaje. Porque un niño no mejora simplemente por acumular partidos; mejora cuando cada experiencia competitiva le ayuda a comprender mejor el juego, a conocerse a sí mismo y a regresar al entrenamiento con nuevas preguntas, nuevas herramientas y una mayor motivación para seguir aprendiendo.

Jugar más partidos no siempre significa aprender más

Existe la creencia de que cuantos más partidos dispute un niño, más rápido progresará. Sin embargo, competir mucho no garantiza aprender mejor. La mejora no depende únicamente del número de partidos jugados, sino de lo que el jugador es capaz de aprender de cada uno de ellos.

Un partido solo se convierte en una verdadera experiencia formativa cuando existe tiempo para comprender lo sucedido, analizar los aciertos y los errores, entrenar nuevas soluciones y volver a competir con herramientas diferentes. Es en ese proceso, entre un partido y el siguiente, donde realmente se produce el aprendizaje.

Cuando ese tiempo desaparece y la competición se encadena sin apenas espacio para la reflexión y el entrenamiento, el riesgo es evidente: dejamos de construir aprendizaje para empezar simplemente a acumular partidos.

El niño juega. Gana o pierde. Se enfada, se alegra o se frustra. Vuelve al entrenamiento. Y pocos días después compite de nuevo con los mismos problemas, porque apenas ha existido tiempo para observar, reflexionar, entrenar, ajustar y consolidar lo aprendido.

El resultado cambia. El aprendizaje, muchas veces, no.

Quizá ahí resida una de las grandes paradojas del tenis de formación: cuantos más partidos acumulamos, menos oportunidades dejamos, en ocasiones, para que el jugador aprenda realmente de ellos.

Niños que compiten como adultos

En ocasiones diseñamos para los niños un calendario competitivo que muchos adultos difícilmente podrían mantener. Durante la semana entrenan varias horas; el sábado juegan la liga por equipos; el domingo participan en un torneo individual. A ello se suman partidos aplazados, desplazamientos y nuevas competiciones que se encadenan unas con otras. Todo ello mientras deben atender el colegio, convivir con su familia, disfrutar de sus amigos y vivir otras experiencias esenciales para su desarrollo personal.

Con frecuencia nos preocupa que pierdan un partido, una eliminatoria o algunos puestos en el ranking. Sin embargo, quizá deberíamos preocuparnos más por algo mucho más importante: que terminen perdiendo las ganas de jugar.

Porque un niño puede seguir compitiendo y, al mismo tiempo, estar emocionalmente agotado. Puede continuar entrenando por compromiso, por presión o porque siente que todos los adultos de su entorno esperan que lo haga. Puede incluso obtener buenos resultados y, sin embargo, haber dejado de disfrutar del proceso.

Ese es, probablemente, el mayor riesgo del tenis de formación: confundir la continuidad con la motivación. Que un niño siga entrenando o compitiendo no significa necesariamente que siga aprendiendo, creciendo o disfrutando del deporte. A veces simplemente continúa porque todavía no ha encontrado la manera de expresar que la ilusión con la que empezó se ha ido apagando.

Los niños han cambiado, pero el tenis sigue exigiendo tiempo

La sociedad ha cambiado profundamente y los niños han cambiado con ella. Crecen rodeados de pantallas, estímulos constantes, recompensas inmediatas y contenidos que cambian en cuestión de segundos. Todo ello influye en su capacidad para mantener la atención, desarrollar la paciencia y tolerar la frustración.

El tenis, sin embargo, sigue funcionando con unas reglas muy diferentes. Aprender a jugar bien requiere tiempo. Requiere repetir cientos de veces un mismo gesto, equivocarse, esperar, convivir con los errores y aceptar que el progreso no siempre es inmediato ni visible. Precisamente por eso, el tenis puede convertirse en una de las herramientas educativas más valiosas de las que disponemos.

Puede enseñar paciencia en una sociedad impaciente. Puede enseñar el valor del esfuerzo sostenido en una cultura acostumbrada a la recompensa inmediata. Puede fomentar la autonomía en un entorno donde, con frecuencia, los adultos resolvemos demasiadas cosas por ellos. Y puede enseñar a convivir con la frustración sin necesidad de evitarla.

Pero esos aprendizajes no aparecen por sí solos. Necesitan tiempo, experiencias adecuadas y un proceso coherente. No podemos pretender enseñar paciencia sometiendo al niño a una urgencia permanente por ganar. No podemos educar en la gestión de la frustración si cada fin de semana lo exponemos a una presión que todavía no está preparado para comprender. Y difícilmente podremos hablar de disfrute cuando todo el proceso acaba girando alrededor del resultado.

Si queremos que la competición eduque, primero debemos asegurarnos de que el proceso sigue estando por encima del marcador. Porque el marcador termina olvidándose. Lo que permanece es la forma en la que cada niño aprende a vivir el deporte.

¿Qué responsabilidad tenemos los adultos?

La responsabilidad de utilizar la competición como un recurso educativo no recae únicamente sobre el entrenador. Es una tarea compartida entre entrenadores, familias, clubes y federaciones, porque todos influimos, de una u otra forma, en el camino que recorre el jugador.

Quizá haya llegado el momento de hacernos algunas preguntas. ¿Tiene cada torneo un verdadero propósito formativo? ¿Respeta el calendario la edad, la madurez y las necesidades del jugador? ¿Existe tiempo suficiente para entrenar entre competiciones? ¿Valoramos realmente el progreso o seguimos dando más importancia al resultado? ¿Compite el niño porque verdaderamente quiere hacerlo o porque ha entrado en una dinámica de la que le resulta difícil salir? 

Y, por encima de todas ellas, hay una pregunta que merece una reflexión aún más profunda: 

¿estamos escuchando de verdad al jugador?

Cuando comparto esta reflexión con muchas familias, la respuesta suele ser la misma: «Es que él quiere jugar». Y, probablemente, en muchos casos sea cierto. Los niños disfrutan compitiendo. Pero también conviene preguntarse hasta qué punto ese deseo nace únicamente de ellos o si está condicionado, de forma inconsciente, por las expectativas que perciben a su alrededor.

Los niños quieren agradar a las personas que admiran. Quieren hacer felices a sus padres, responder a la confianza de su entrenador y sentir que progresan. Por eso, a veces no resulta fácil distinguir entre lo que realmente necesitan y lo que creen que los adultos esperamos de ellos. Escucharlos significa ir más allá de sus palabras y tratar de comprender cómo están viviendo el proceso.

A veces interpretamos que un niño ha perdido el compromiso porque no quiere jugar un torneo más. Pero puede que no le falte compromiso. Puede que simplemente esté cansado. Puede que necesite varias semanas para entrenar sin la presión de ser evaluado constantemente. Puede que necesite volver a disfrutar de un entrenamiento sin pensar en el siguiente partido. O puede que, sencillamente, necesite un fin de semana libre para descansar, compartir tiempo con su familia o hacer otras cosas propias de su edad.

Escuchar al jugador no significa renunciar a la exigencia. Significa comprender que cada etapa tiene unas necesidades diferentes y que formar no consiste únicamente en preparar al siguiente competidor, sino también en cuidar a la persona que hay detrás de cada raqueta. 

El objetivo no debería ser competir más

El objetivo tampoco debería ser evitar la competición. El verdadero reto consiste en ofrecer una competición adecuada, progresiva y coherente con la etapa de desarrollo de cada jugador. Una competición que le ayude a crecer, que le permita comprobar lo aprendido en los entrenamientos y que convierta cada partido en una oportunidad para seguir aprendiendo.

Una competición que enseñe a perder sin sentirse un fracasado y a ganar sin creer que el resultado define su valor. Una competición que despierte el deseo de volver a entrenar, de mejorar y de seguir disfrutando del tenis.

Porque el éxito de un programa de formación no debería medirse únicamente por los partidos que un niño gana a los doce años. También debería medirse por cuántos de esos jugadores siguen disfrutando del tenis a los dieciséis, a los veinte o incluso durante toda su vida.

Dedicamos mucho tiempo a preparar el próximo torneo y demasiado poco a ayudar al niño a construir una relación duradera con el tenis.

Por eso, la pregunta no debería ser cuántos partidos puede disputar un niño. La verdadera pregunta es otra: 

¿Cuántos partidos puede disputar sin perder la ilusión, la curiosidad y el deseo de seguir aprendiendo?

Porque formar jugadores no consiste en acelerar todas las etapas. Consiste en conseguir que quieran recorrerlas.

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3 comentarios

  1. Una pequeña anécdota, perdí una final de campeonato de España, mi contrario un poco confuso me comentó que en la RFET no figuraba como campeón, yo simplemente le contesté, Manuel, ni en la Fede se creen que me ganastes, no hay que darle tanta importancia a los resultado y si a las conclusiones, como de constumbre me hizo crecer y seguir disfrutando.

    1. Qué grande, Javi. Al final creo que va un poco de eso: aprender de cada partido y, sobre todo, no perder nunca las ganas de seguir disfrutando del tenis.
      Y en eso tú eres un buen ejemplo para muchos. Después de tantos años y con toda tu experiencia, sigues compitiendo, aprendiendo, siempre de buen rollo y con esa ilusión por jugar que se te refleja en la cara.

      Gracias por compartir la anécdota, querido amigo. Un abrazo grande.

  2. ¡Qué gran artículo, Álvaro! Tanto desde mi experiencia dentro de la pista siendo entrenado, como ahora enseñando a otros, me genera un gran impulso y motivación el querer influir positivamente en un proceso que puede llegar a condicionar toda una vida. Sobre todo en edades tan tempranas donde, como bien mencionas, la personalidad y la toma de decisiones están tan influenciadas por el entorno familiar.

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